viernes, 24 de diciembre de 2010

Navidad. Tiempo para dar una oportunidad al corazón

Concluye el Adviento, termina un camino que nos lleva al destino que durante estas semanas hemos anhelado.

La espera, ilusionada y activa de estos días de expectación tiene como estación de término esta noche, una noche de alegría por la llegada de lo que ansiamos y esperamos, una noche de encuentros y reencuentros, una noche sin noche pues la Luz inundará la sombra, una noche, en definitiva, buena.

“Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12)

Así, en esta simple frase, queda condensando el mensaje y la promesa cumplida de Salvación de un Dios fiel que no solo no se olvida, sino que apuesta por la Humanidad. Un Dios que se implica de tú a tú con los hombres y mujeres de este mundo, que se encarna eligiendo para ello un pesebre “pues no había sitio en la posada” (Lc 2,7). María encinta y con el tiempo cumplido busca junto a José hospedaje, alojamiento, acogida… pero el mundo mira para otro lado. Nadie atiende a sus ruegos y en plena noche, entre animales y paja, Dios llega a este mundo teniendo como trono que lo recibe un pesebre de madera y como palacio un simple chamizo.

Hoy celebramos ese alumbramiento, ese nacer del Dios de la Vida que se vuelve niño frágil y que por algo tan simple, pero a la vez tan complejo, se da a la humanidad entera, por algo tan básico y a la vez tan majestuoso como es el amor.

Muchas veces miramos con ojos equivocados el mundo, juzgamos y actuamos conforme a nuestro “buen criterio” olvidado que la lógica de Dios no es la lógica del hombre, de esta forma, esta noche, Dios nos vuelve a dar un toque de atención, a recordarnos que el amor no entiende de exclusión, que uno no ama de verdad hasta que no pone el corazón en juego y que allí dónde no hay más que miseria, dificultad, dolor o miedo, Dios está más presente que nunca. La Navidad que hoy celebramos es tiempo de dar una oportunidad al corazón y mirar y sentir el mundo con los ojos del Dios que nace.

Ojalá nos creamos de verdad este mensaje, ojalá la lógica de Dios se nos haga un poco más presente esta noche y nos ayude a experimentar una conversión que no quede únicamente para estos días, sino que pulule en nuestro interior como templos vivos de Dios que somos, tal y como San Pablo recuerda a los Corintios (1Cor 3, 16). Ojalá nos convenzamos de que los preferidos de Dios son los sufrientes de este mundo, y aun en medio de la abundancia, la alegría y la fiesta de esta noche y estos días, sepamos traer al recuerdo y a la oración las necesidades de este mundo, esos lugares y esas personas entre las que, hoy, Dios elegiría para nacer.

Que el Dios de la Vida que hoy nace sea LUZ que guie nuestro camino, luz que alumbre el camino a la santidad a que todos estamos llamados. Santidad que es el proyecto que Dios tiene para con nosotros y que, a pesar de la solemnidad del término, no es otra cosa que la vocación de felicidad que el Dios de la Vida nos regala.

Pidamos con fe y sencillez para que la ilusión que hoy brota nos mantenga firmes en la Fe a pesar de nuestra falta de coherencia con la Buena Nueva; alegres en la Esperanza aun con nuestros miedos y debilidades; y confiados en el Amor, un amor sin límites ni fisuras, que no entiende de exclusiones sino que conoce la verdad que cada uno lleva dentro. Un amor que es promesa, y una promesa que vale toda una vida.

Feliz Navidad y mi oración.


“Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc 2,14)

viernes, 3 de diciembre de 2010

San Francisco Javier, semilla que sigue dando fruto

Nunca imaginó Francisco Javier que el compartir habitación, en aquel París universitario de 1529, con aquel vasco ya adulto para las letras y arrastrado en su andar, acabaría cambiándole la vida de tal forma que la dedicaría, hasta agotarla, en servir al Dios de la Vida predicando su Buena Nueva en rincones del Mundo cuya existencia seguramente desconocía.

El encuentro con Ignacio de Loyola y esa pregunta que poco a poco fue erosionando la coraza humana del joven navarro – “Francisco, ¿de qué te vale ganar todo el Mundo si con ello pierdes tu alma?”- acabaron por poner a Francisco en las manos de Dios, dejándose contagiar por el mensaje de su Evangelio y enamorándose perdidamente de él. Sin saber donde le llevaría, acompañó a Ignacio de Loyola en ese proyecto que el Señor fue poco a poco gestando en su camino, y junto a él y otros seis compañeros más, consagró su vida a Dios en el seno de una pequeña ilusión, de un pequeño “capricho” que acabó por convertirse en una orden religiosa clave para la historia de la Iglesia Católica y de la humanidad desde entonces: la Compañía de Jesús.

La Providencia quiso que Francisco Javier se embarcara rumbo a las Indias en 1541, desafiando distancias que hoy nos parecerían largas, pero salvables con cierta normalidad, pero que en pleno siglo XVI suponían casi la renuncia a todo lo anteriormente vivido, amen de una prueba de vida que muchos no llegaban a superar

A partir de ese momento su único enlace con sus compañeros europeos serán sus cartas, 137 misivas que retratan a un hombre cuyo celo apostólico asemejaba a un fuego interior que ardía en su pecho, queriendo compartir la experiencia del Dios de Jesús. Dios vivo y misericordioso que le había inundado a él años antes. Su servicio al pie de los enfermos, sus catequesis en plena calle, su austeridad en el vivir, sus cientos de miles de kilómetros recorridos sin otro ánimo que dar a conocer a Dios configuraron su vida. Una vida cuyo eje fundamental podría resumirse en una frase que él mismo repetía incesantemente: “Señor, aquí estoy ¿qué quieres que yo haga? Envíame donde tú quieras.”

Finalmente, a los 46 años moría en una playa frente a las costas de China, que a pesar de intentar no puedo alcanzar. Fue canonizado por Gregorio en 1622, junto con su amigo y maestro, San Ignacio de Loyola y hoy, tres de diciembre, celebra la Iglesia su festividad.

Y también hoy mi oración sube al Cielo como acción de gracias, por todo ello. Por la vida y el ejemplo de todos aquellos que, estando o no, en los altares de la Iglesia, consumieron su vida al servicio de Dios y sus hermanos. Por esa “locura divina” que supuso la Compañía de Jesús, un proyecto de amigos en el Señor al servicio del Evangelio que, en el seno de la Iglesia, trabaja por la construcción del Reino de Dios en todas las realidades cotidianas que nos rodean, con especial encargo de esas fronteras donde otros no quieren o no pueden estar. Y especialmente por S. Francisco Javier, ese gigante de la historia, que fue germen de la Fe que hoy profeso, y cuyo testimonio de entrega al servicio de Dios sigue dando fruto en todo aquel que al conocer su historia, sus renuncias, su conversión y su pasión por el Evangelio, se entusiasma con él. Se ent usiasma con una vida en la que, sea cual sea y este donde este, vaya guiada por Dios, por ese Dios de la Vida que inspira un vivir donde siempre se busca en todo Amar y Servir.


martes, 23 de noviembre de 2010

Testigo de nuestra esperanza, mártir por nuestra fe

Seguramente poca gente haya oído hablar alguna vez de Miguel Agustín Pro. Este desconocido nombre encarna la sinrazón de uno de los episodios más trágicos para la Iglesia Católica contemporánea, así como una de las páginas más negras de la historia de México.

Sacerdote jesuita, el conocido como padre Pro fue asesinado el 23 de noviembre de 1927 en Ciudad de México, ante un pelotón de fusilamiento formado por militares, sin juicio previo alguno, sin garantía legal ni derecho a defensa. Fusilado frente a decenas de periodistas y cámaras fotográficas de época que buscaban recoger la sangrienta advertencia que el presidente mexicano, Plutarco Elías Calles, pretendía hacer llegar a la Iglesia mexicana, a la Santa Sede y al Mundo.

El contexto donde situar este asesinato es complicado e imposible de pretender sintetizar en pocas líneas: años de de revolución, de justicia social, años de mano dura militar, de persecución religiosa, años re ruptura entre Iglesia y Estado, de miedo y de prohibiciones, años de enfrentamiento y de “vivas” a Cristo Rey… No seria justo pretender situar el contexto de todo ello de una manera tan simple y seguramente tan sesgada. Ni me atrevo, ni quiero.

Sin embargo sí me parece de justicia recuperar la memoria del Padre Miguel Agustín Pro, o simplemente el Padre Pro. Este nombre representa a tantos laicos, religiosos y diocesanos que murieron durante los años de enfrentamiento en la llamada Guerra Cristera; que fueron víctimas de juicios sumarísimos, si acaso; hombres y mujeres asesinados por representar y defender una opción religiosa concreta, por sentirse hijos de Dios y miembros de una Iglesia universal, Católica, que tiene de pecadora lo humano, y de santa el espíritu de Dios que la impulsa y alienta.

El Padre Pro fue acusado por un crimen que hoy se sabe que no cometió y que por entonces ni siquiera se probó. Su muerte buscaba ser un escarmiento para todos aquellos que sentían y denunciaban que la fe no puede reducirse a la esfera de lo privado, que debe propagarse y compartirse, que los sacramentos son expresión viva de Dios y que la Iglesia, como garante de ello, no debe cejar en el empeño de trasmitirlos. La sinrazón del odio hacia la fe ha sido causa de grandes persecuciones a lo largo y ancho del planeta, salpicando la historia de la humanidad, antes y también hoy.

Mientras escribo estas líneas en recuerdo del padre Pro me vienen a la cabeza dos situaciones que creo van de la mano al recordar al mencionado jesuita.

Una de ellas es la presentación del Informe sobre Libertad Religiosa en el Mundo de 2010, informe bienal que elabora la institución católica Ayuda a la Iglesia Necesitada. El resumen de ese informe es realmente estremecedor: cerca de 350 millones de personas en el mundo son perseguidas por su fe. Países como Bangladesh, China, Egipto, Eritrea, India, Indonesia, Pakistán, Sudán, Uzbekistán o Irak son algunos en los que se producen más episodios de intolerancia social o legal contra la libertad religiosa. Y dentro de ellos, el 75% de esas persecuciones van dirigidas contra comunidades cristianas en todo el mundo. Así mismo el informe también reconoce una creciente escalada de cristianofobia en los países más desarrollados. Aún hoy siguen resonando las palabras del Papa cuando llegaba a Santiago hace apenas dos semanas en las que recogía que “en España ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un laicismo fuerte y agresivo, como lo vimos precisamente en los años treinta, y esta disputa, más aún, este enfrentamiento entre fe y modernidad, ambos muy vivaces, se realiza hoy nuevamente en España”. No voy a entrar a valorar estas palabras, evidentemente no existe una persecución a cuchillo y fúsil, caer en ese victimísmo sería no solo demagógico, sino una ofensa contra aquellos que sufrieron en sus carnes las persecución religiosa de aquellos años en nuestro país. Sin embargo estoy convencido que las palabras de Benedicto XVI son fruto de una profunda reflexión. No están pronunciadas a la ligera y mucho menos sin pretender algo. Ahora toca la reflexión personal, sobre esto y sobre todo lo arriba mencionado acerca de la falta de libertad en muchos rincones del mundo por profesar una religión determinada.

Por otro lado la festividad del Padre Pro viene siempre muy cerca de la conclusión del tiempo ordinario para los católicos y por ende, muy cerca de la celebración de una de las fiestas con más significado dentro de la liturgia de nuestra Iglesia: la festividad de Jesucristo Rey del Universo. La festividad de Cristo Rey.

Viva Cristo Rey fue precisamente la proclama, y de algún modo la oración, que el joven jesuita pronunció justo antes de que los soldados disparasen contra su pecho.

La fiesta de Cristo Rey nos hace caer en la cuenta del Rey al que queremos servir los cristianos. Aquel con el que hemos sellado un compromiso de fidelidad, ese rey que es nuestro Dios y cuyo trono no es otro que un madero de dos piezas: una que mira a la tierra y es muestra del compromiso y de la implicación del Dios de la Vida con la humanidad; y otro que apunta al Cielo y que nos ayuda a no olvidarnos de nuestra vocación de santidad, de nuestra vocación de ser felices aquí, pero a la vera de un Dios que acompaña y guía. El trono de nuestro Rey, ese madero que nace con vocación de muerte y es finalmente actor de Vida, ese madero es símbolo de entrega y servicio, amor sin reservas y denuncia de la injusticia, es también debilidad humana y Gracia divina, acogida y esfuerzo, signo de resurrección y perdón. Jesucristo, Rey de Reyes, servidor y hombre, hermano y amigo, colgado del madero representa a un Dios que no se olvida de los crucificados de este mundo. Y yo, gracias a la cruz, tampoco.

Estas líneas son un recuerdo para todos aquellos mártires anónimos de ayer y de hoy que no temieron a la muerte por defender su fe; son un recuerdo para todos aquellos que vivieron y viven perseguidos por dar testimonio de su fe, para esos que dieron y dan testimonio de que Cristo es el único rey Eternal al que servir y trabajan y queman su vida por ese Reino que sueña el Evangelio; unas líneas por aquellos que mantienen la esperanza, esperan en el amor y se mantienen firmes en la fe del Dios de la Vida.

Un recuerdo y una acción de gracias por todos ellos y ellas, que hoy, 23 de noviembre, encarna un jesuita mexicano que cayó victima de odio fratricida orando y perdonando, un sacerdote enamorado de Dios, un cristiano comprometido con sus hermanos, fiel testimonio de entrega y servicio hasta derramar su sangre por ello.

Quisiera terminar estas líneas con parte de la Primera lectura propia de la festividad del Padre Pro que la Compañía de Jesús hoy celebra, y que son palabras de aliento y ánimo que San Pablo dirigió en su momento a sus hermanos, y que también hoy dirige a muchos que sufren por causa de su pasión por el Evangelio. Mi oración y mi acción de gracias por todos ellos.

(...) Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará en contra? El que no reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a regalar todo lo demás con él? ¿Quién será fiscal de los que Dios eligió? Si Dios absuelve, ¿quién condenará? ¿Será acaso el Mesías Jesús, el que murió y después resucitó y está a la diestra de Dios y suplica por nosotros? ¿Quién nos apartará del amor de Dios? ¿Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada? (… ) En todas esas circunstancias vencemos de sobra gracias al que nos amó. Estoy persuadido de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades, ni presente ni futuro, ni poderes ni altura ni hondura, ni criatura alguna nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Jesús Señor nuestro. (Rm 8, 31-39)

martes, 2 de noviembre de 2010

El ser humano es maravilloso

A veces la vida plantea situaciones que hace que nos veamos en encrucijadas difíciles de superar, en las cuales te pierdes y eres consciente de que elijas lo que elijas vas a sufrir. Pero la vida ha sido caprichosa, y por cuestiones que no soy capaz de entender, te hace protagonista de una historia que no era la tuya hace un mes, una semana o simplemente antes de despertar esta mañana. Pero has llegado a un punto sin retorno, toca optar, arriesgarse y apostar por lo que uno siente que puede ser la mejor opción, aunque acarree mucho miedo, aunque suponga fiarse más de otros que de uno mismo, y sobre todo suponga descansar confiado, pero humanamente aterrorizado, en las manos del Dios de la Vida.

Algo así debe suceder cuando al final de tu vida, con una salud de hierro y una vitalidad envidiable te ves en mitad de dos senderos que no quisiste recorrer, pero que ahora suponen una elección personal sin demora. Y es que cuando hablamos de amor relacionamos instintivamente el corazón cómo núcleo de vida, de entrega y servicio, cómo referente de ese sentimiento que mueve el mundo, pero a veces tener un corazón demasiado grande, es anatómicamente una faena.

Hay que cosas que no tienen sentido, que escapan a nuestro entendimiento y que solo podemos acoger. Realmente no sé si Dios tiene un plan predefinido para cada uno de nosotros, no sé qué papel juega la libertad del hombre en todo ese plan, su naturaleza biológica y la creación misma, no sé si Dios improvisa o es el hombre que pregunta demasiado… si tuviera estas respuestas no escribiría estas líneas, tal vez otras o tal vez ninguna. De lo que si tengo certeza es que Dios se hace presente en todo ello, acompaña y no juzga, vela y consuela, sufre con tu mismo dolor y apuesta por la Vida al margen de todo lo demás.

Estos días han sido especialmente duros. Pero también han sido días de mucha humanidad.

Días para quedarse admirado por el valor que supone con casi ochenta años y lleno de vitalidad ponerte en manos de profesionales que durante unas horas harán realmente de dioses; días para confiar y no perder la fe que durante toda tu vida te ha acompañado, para aferrarte a una creencia sencilla pero cargada de intensidad.

Días de mucha entrega y amor. Cuando apenas hace unos días que has celebrado tu 51 aniversario de boda resulta realmente duro separarte de la mujer que ha sido apoyo y cariño durante tantos años. Cuando optas por la “soledad” de una impersonal habitación de hospital, por no hacer sufrir a la otra persona; cuando te conformas con varias llamadas al día para que esa persona por la que lo has dado todo y que te ha dado todo no sufra; cuando prefieres llorar en silencio para evitar las lágrimas de tu mujer estás siendo testimonio vivo de entrega, de ese amor desinteresado y paciente, que todo lo aguanta y que con todo puede.

Contemplar la imagen del abrazo entre dos amigos, dos abuelos, dos personas que se quieren y se respetan. Gente de campo, austera y trabajadora, humildes pero con una experiencia de vida que los hace sabios. El abrazo emocionado entre dos octogenarios que tienen miedo a perderse y sufren juntos, lloran juntos y confian juntos. Ha sido otra muestra más de que de toda circunstancia, puede uno sacar lecciones de vida

Han sido días para caer en la cuenta de que los sacramentos son para los vivos, y la unción de los enfermos es un regalo de vida que la Iglesia imparte. Un regalo acogido con lágrimas en los ojos, con miedo y mucho respeto, pero sobre todo con mucha confianza de que Dios esta muy pendiente de él. Hacía mucho que no sentía la intensidad de un sacramento como pude sentir estos días. La intensidad de la acogida, del sentirse seguro, de apenas musitar un agradecimiento por el ahogo de una emoción incontenida de aquel, que con mucho miedo, acoge a Dios y no deja de esperar en Él.

Todas estas lecciones de vida, en medio de una situación de dolor, nacen de un ser humano, un hombre de casi ochenta años de mirada jovial y brazos fuertes acostumbrados a espuertas a rebosar; un hombre con unos ojos azules que trasparentan a un enamorado del campo y de la tierra, de los espárragos y los olivos; a un padre desvivido por sus dos hijos, un esposo que ama sin limitación, un abuelo cariñoso y entregado; un cristiano sencillo, con las limitaciones que todos podemos tener, servicial cargado de vida y entusiasmo, siendo, como decía Machado “en el buen sentido de la palabra, bueno”.

Estos días han sido tiempo de muchas lecciones de vida, de mucha emoción y por ello, la oración que ahora acompaña a mi familia en esa sala de espera y a Pedro en el quirófano, es también una acción de gracias por él, por su vida, por ayudarme a confiar un poco más en el ser humano. Por ser ejemplo de confianza en Dios, de entrega desinteresada para con los suyos. Por ser ejemplo vivo de que el ser humano es realmente maravilloso.

Ahora queda confiar mucho. Ánimo Pedro.


martes, 19 de octubre de 2010

La santa de la confianza y unas líneas de caridad

Cuando uno se deja tocar el corazón y experimentar sin miedo el profundo amor de Dios es imposible que quiera guardar bajo llave tal regalo, más bien al contrario, sentirá un enorme deseo de compartir con los demás tanto bien recibido. Si a eso unimos una sensibilidad diferente, peculiar y profunda para hablar de la experiencia de Dios y un arte en el manejo de la prosa tenemos a figuras como san Juan de la Cruz o santa Teresa de Jesús. Los que queremos a la Compañía en demasía hablamos de Ignacio de Loyola como otro de los místicos españoles, que es muy cierto, pero a veces con malas comparaciones ya que, sin duda alguna, la riqueza y la belleza de los textos de san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús no tienen comparación alguna con las líneas de fe que nos dejó el fundador de los jesuitas.

El viernes pasado, 15 de octubre la Iglesia Católica nos invitó a recordar la memoria de santa Teresa de Jesús, santa de la confianza, enamorada del Dios de la Vida, fundadora de la Orden del Carmen descalzo, mística española del siglo XVI, Doctora de la Iglesia, ejemplo de santidad y entrega de oración, figura del Siglo de Oro de la literatura española… muchas cosas podría escribir sobre la santa de Ávila, pero no es momento ni lugar. El que quiera saber algo de ella que bucee en sus biografías, pero el que quiera conocerla y disfrutar de la mística española que se sumerja en sus obras.


Tuve la suerte de que una persona me regalara sus obras hace no demasiado tiempo, toda una sorpresa, todo un regalo al igual que otros muchos que me dejó. He de confesar que no las he leído completamente, pero si que puedo decir que leer a santa Teresa de Jesús es hacer oración con cada frase que recoge en su poesía y su prosa. Sus líneas son, más allá de literatura, espiritualidad. Una forma diferente de relacionarse con Dios a través de la lectura. Un arte vamos. Pero poco más quiero escribir sobre ella, saboreen su obra que es lo propio.

De lo más conocido suyo, de lo más leído y orado es la poesía del “Nada te turbe, nada te espante”. Supongo que la sensibilidad de cada uno viene de la mano de los tiempos vitales que vamos viendo, quizás por ello esta oración me guste tanto. Una oración que me invita a confiar en Dios, a fiarme de Él, a escribir unas líneas refiriéndome a la confianza, a la seguridad de aquel que descansa en Dios y que se sabe protegido a la vera de un Padre que acompaña nuestro caminar. Aunque a veces no lo veamos, aunque a veces nos falte la fe para verlo. Esta poesía me da la tranquilidad y el sosiego de aquel que teniendo a Dios, aún en la tormenta, se lanza a la mar.

Me quedo con las primeras líneas de este poema.

Nada turbe,
Nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda;
la paciencia
todo lo alcanza;
quien a Dios tiene
nada le falta:
Sólo Dios basta

La idea era terminar la entrada con las líneas de santa Teresa, pero a veces es mejor no pensar y seguir escribiendo.

Antes he mencionado a san Juan de la Cruz, otro que comparte mucho de lo que arriba dije de santa Teresa, y otro cuya fe supo plasmar en frases que dejan a uno ensimismado, frases cortas, sencillas, pero cargadas de Buena Nueva. Ensayando unas canciones el otro día conocí una de esas frases, “El alma que anda en amor ni cansa, ni se cansa”, hoy no toca hablar del místico que reposa en Úbeda, pero esta frase se ha convertido en una letanía que no dejo de repetirme a lo largo del día y que, sinceramente, me encanta. Supongo que porque me recuerda mucho al Himno a la caridad, al amor, que recoge san Pablo en su Primera carta a los Corintios (1 Cor 13, 1-13), hoy de tanto usarlo en bodas y celebraciones se ha oxidado y puede llegar a sonarnos cursi, pero para mi condensa un mensaje muy humano - el amor es paciente, es afable (…) no es orgulloso (…) no busca su interés, no apunta las ofensas (…) - que va de la mano de lo divino – (…) se alegra de la Verdad. Aguanta todo (…) no acaba nunca - , esas líneas me ayudan mucho a confiar en Dios, y a confiar también en las personas. Pero bueno, ya tocará escribir sobre esto, solo quería compartir esa frase de san Juan de la Cruz que me esta acompañando estos días. Tal vez, también a alguien te ayude para confiar en la gente, para fiarse del Himno que san Pablo nos dejó y para no tener miedo a ser alma que anda en amor.

jueves, 14 de octubre de 2010

Una manera diferente

Llevo ya casi ocho meses en Sevilla. Ocho meses cruzando el puente de San Telmo varias veces al día y disfrutando de un Guadalquivir en calma que se funde con el horizonte, aderezado en este tiempo otoñal con una fresca brisa que da muestras de que el tiempo va cambiando, y los calores infernales han pasado.

Detenerse en mitad del puente supone contemplar parte del encanto de Sevilla: ver erigirse imponente la Torre del Oro a orillas de un río que juega a colorearse cuando el sol comienza a ocultarse, acompañado, al final de la tarde, por marchas que recuerdan a Sevilla que la pasión de la Semana Santa permanece perenne en el espíritu de una ciudad de fe y tradición.

Aún solo esos paseos diarios sobre las aguas del Guadalquivir dan de por sí para cautivar y ensimismar a aquel que se detiene a gustar y sentir sin prisas, y más en mi caso, teniendo presente mi condición de isleño, pues un río para un canario es algo más imaginario que real.

Hace un par de semanas descubrí otra forma de mirar al río, más allá de cruzarlo a través de los puentes y contemplarlo acompañado de sonidos que evocan pasos, palios y olor a incienso.

La insistencia de una compañera de trabajo consiguió arrastrar al que suscribe y a dos compañeros más a apuntarnos a un curso de remo de dos semanas… toda una experiencia que en un principio se me planteo como simple distracción deportiva, pero que acabó por convertirse en una manera diferente, alternativa y original de relacionarme con el río que tantas veces he cruzado.

Remar no es fácil y menos cuando se debe combinar la fuerza de brazos con el impulso del tren inferior (pues el banco de la embarcación es móvil y debe uno tirar de brazos y propulsar con las piernas), a la vez mirar al frente pero moverse de espaldas sin tener seguridad absoluta de hacia dónde vas, todo ello a apenas diez cm del agua y con la obsesión de que las palas entren y salgan del agua de la manera correcta y sin soltarlas un momento si no quieres caer al agua. Ya digo, remar no es fácil y más cuando la única experiencia de remo que se tiene es la que uno se ha imaginado a partir del desembarco de los piratas protagonistas de la “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson.

Dos semanas de remo han dado para mucho: para disfrutar e iniciarme en la práctica de este desconocido deporte olímpico, y también para frustrarme en mitad del río por apenas moverme o quedarme estancado entre algas y cañas minutos que se hacían interminables; también para ver caer algun desafortunado al agua y sentir miedo al ver, un día de viento, como la embarcación hacía lo que le venía en gana; ha sido un tiempo donde he podido conocer mejor a a mis compañeros de trabajo y compartir con ellos risas y charlas propias de inexpertos y torpes remeros; pero sobre todo ha sido tiempo para disfrutar del río…

Disfrutar del río a solas, deslizándome por su superficie apenas unos centímetros, acompañado de un silencio lleno de vida y de una luz que poco a poco iba apagándose teniendo la suerte de contemplar unos atardeceres diferentes y mágicos en mitad de un peculiar escenario: en mitad del río y rodeado de familias de patos que acostumbrados a los remeros casi rozan la pala. Momentos de concentración que se perdían en pensamientos que acababan por convertirse en oración y acción de gracias casi sin darme cuenta, y que apenas murmuraba por miedo a perder la instantánea que disfrutaba.

Realmente jamás pensé que dos semanas de remo me ayudasen a disfrutar así del río, a conocerlo y vivirlo como muchos sevillanos ni se han plantado, a relacionarme con él de una forma diferente en la que se mezcla deporte y naturaleza, esfuerzo y sosiego, miedo y confianza, silencio y mucha contemplación.

Para repetir sin dudarlo.

Gracias por tu insistencia Mar, antes compi de trabajo, hoy ademas amiga.